Los sueños son un portal de comunicación con el inconciente, lo transpersonal de nuestras vidas. Es como la portada de un libro que nosotros mismos escribimos, comunicándonos con nuestros niveles de conciencia más profundas, para poder decodificarlos.

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Lo más interesante es el origen de los sueños. Sin embargo, la facultad representativa de la consciencia soñadora es tan sensible y expansiva, que es inútil interpretar los sueños según métodos empíricos, teorías psicoanalíticas o libros estereotipados, exclusivamente. Los sueños se deben a que, en el centro sensible, dentro de la capa exterior del cerebro, se produce una magnificación que irrumpe a través de los otros centros especializados en la consciencia individual, en la forma de impresiones sensoriales de esa consciencia; es decir, de la experiencia exterior del mundo.

Durante el sueño todas las funciones se aquietan. Pero no mueren las energías ni movimientos del estado de vigilia. Se reparan los tejidos y el hombre empieza a relajar el control voluntario y la inteligencia crítica. A medida que se acerca el sueño los pensamientos disminuyen, la consciencia se aísla del mundo físico, todo desaparece, el hombre no ve, ni huele, ni gusta, ni oye: allí, un sueño penetra en él.

Cuando no tengo un trabajo personal soy esclavo de lo que opinan los demás. Es muy difícil poder ver la magnitud de todo esto… De allí nacen las diferentes religiones y sus creencias. Tratando de dejar de lado las creencias particulares, lo cierto es que cada dimensión y cada creencia llegan a un mismo punto… La energía “eso que no podemos entender” sirve para algo y encontrar ese algo es lo difícil de comprender.

La mente humana se usa muy poco, teniendo en cuenta para lo que realmente está capacitada. De allí es que nos ayudan los sueños y sus símbolos, son una herramienta más para entendernos a nosotros mismos.